
Los vínculos son parte inherente de nuestra vida y sería imposible vivir y convivir sin ellos. No es pensable siquiera una vida sin vínculos, sin interacción con el entorno. Los vínculos humanos son un ingrediente normal del transcurrir de la vida, y estando en plena época digital y tecnológica, nos encontramos ahora más conectados que nunca.
Pero todos en algún momento hemos tenido que desprendernos o dejar ir. ¿Cómo debo reaccionar cuando esto sucede? ¿Cómo distinguir la diferencia entre dejar ir o persistir? ¿Cómo reconocer el camino más indicado?
No dude en hacerse esta pregunta siempre, siempre, siempre, cada vez que pueda, y cada vez que aparezca el inconveniente con la persona u objeto del que usted cree que debe desprenderse.
Los impases que aparecen repetitivamente, y que se van agudizando y volviéndose cada vez más constantes, es decir, que aumentan en intensidad y en frecuencia, por lo general son signos de cambio.
Usted tiene un trabajo estable, bien remunerado y con unas relaciones interpersonales aceptables. De un tiempo para acá, hubo un cambio en la competencia, de manera que todos los trabajadores se vieron obligados a producir más en el mismo tiempo. Como consecuencia de esto, el nivel de estrés laboral aumentó, la presión por parte del jefe también y empezaron a surgir los primeros conflictos laborales. Luego, su compañero de trabajo es trasladado a otra sede, teniendo usted que asumir sus responsabilidades, así que usted se encuentra ahora sobrecargado de trabajo y con más líos y problemas diarios por solucionar, como nunca se imaginó.
Más tarde, la empresa considera realizar una alianza con otra compañía, por lo que usted debe capacitarse de forma obligatoria y como su tiempo es limitado, solo le queda hacerlo en las noches. Mientras pasa el tiempo, y la dirección pide más resultados, usted debe cumplir con trabajos académicos más la producción exigente de la empresa; usted ha venido resistiendo pero en algún momento siente que ya no puede más. Se le pasa por la cabeza renunciar pero inmediatamente desecha esta idea, pues usted tiene muchos compromisos y no cree conseguir otro trabajo.
En este punto de la historia, ya la pregunta tuvo que haberse formulado: ¿Y por qué soltarlo, en vez de luchar para mantenerlo y tratar de superar los obstáculos?
Mientras usted despierte más su intuición, y se escuche a sí mismo, más se hará esta pregunta.
La pregunta se presenta como el termómetro que mide la pertinencia del esfuerzo por persistir.
Lo que resulta cierto es que si usted no aprende a escuchar su ser, a sintonizarse con sus intuiciones, no podrá recibir una respuesta sabia. Existe una sabiduría superior que si sabe de sobra por qué está colocando esta situación repetitiva en su vida, y se encuentra esperando a que usted se acerque a escucharla. Tal vez usted crea que esto es fantasioso o imaginativo, pero la experiencia será quien le confirme que cada vez que aparecen la señales del objeto queriendo despedirse, lo que está haciendo es llamando su atención para que usted tome cartas en el asunto, y no se haga el de la vista gorda o se conforme pensando que son cosas en la vida a las que toca acostumbrarse.
Si usted realiza una revisión exhaustiva de cada uno de estos puntos, verá que los apegos son miles: Vivienda, salud, esposo/a, hijos, y cientos más. Pero, en medio de todo el armazón entretejido alrededor suyo, de repente le llega el turno de transformación a uno de ellos, que usted cree que forma parte de usted, con el fin de probar su capacidad y moldear su crecimiento personal y espiritual.
El apego subyace en un vínculo entre usted y la situación, persona, experiencia, entorno. Aparece como apego cuando usted reconoce necesitar de él, y cuando usted se alimenta emocional y mentalmente de éste, generándole una dependencia, y una sensación de carencia y vacío mientras el objeto no esté presente.
Cuando esta "prueba" aparece, si por razones prácticas se puede llamar así, empieza a surgir un conflicto entre ese "objeto" y usted. Interacciones fallidas, convivencia complicada, obstáculos reiterativos, entre otros. La vida se le comienza a complicar con respecto a ese objeto que forma parte de su red, y llegan fracasos, impotencias, y la sensación de insatisfacción frente a éste.
Sea cual sea el tipo de apego, éste va acompañado casi siempre de mucho desgaste emocional. La persona se encuentra con la crisis, le sobreviene el colapso y al llegar, se siente cansada, exhausta y sin fuerza. Normalmente lleva detrás una historia de luchas persistidas por mantener ese objeto (una idea, una persona, un trabajo, una vivienda, una oportunidad etc.) como ella quería, pero éste se resistió siempre a ser el mismo.
A grandes rasgos, el apego es una lucha constante, es una cuerda flexible y resistente que se estira y se encoge, para luego no resistir más y romperse. Aquel momento en el que la cuerda se rompe, y toda la lucha se viene abajo, allí se marca el punto de partida para lo que puede llamarse proceso de desapego.
El apego no es una mala suerte, ni una mancha que deba limpiarse en la vida. El apego se parece a un resfriado, tiene unas etapas de ascenso, cúspide, declive y finalización. No es algo que haya que evadir, ni es algo de lo que nos podamos librar por completo. Tal vez podría asemejarlo a un virus, que llega, se hospeda, tiene su momento de expansión y crecimiento, llega a una fase de declive y luego queda allí en estado inactivo, sin que haya una fórmula magistral para eliminarlo por completo. Solo lo podemos percibir cuando está en expansión, pero en cualquier momento estamos expuestos a apegarnos.
No se trata de una plaga por erradicar, sino de un proceso que debe vivirse cuando se hace evidente teniendo en cuenta algunos de los signos que se han mencionado.
"Lo importante debe ser expuesto al público en general con cada detalle" Bulovo