
La violencia está allí sólo que la sociedad se ha encargado de normalizarla.
Desde pequeña el mundo se encargó de demostrarme que las mujeres éramos completamente diferentes a los hombres. Más allá de las desavenencias físicas inherentes que se producen entre ambos géneros, la sociedad me acostumbró a mirarlas de otra forma, una forma más crítica, más intransigente y más dura. Siempre he pensado cómo sería el mundo si todo fuese al revés por un día: hombres esqueléticos en las portadas de las revistas de moda más afamadas, hombres que son públicamente avergonzados por su apariencia y hombres que son reconocidos y galardonados por tener el tras3ro 5 centímetros más grande que su contrincante.Desde esta perspectiva, el mundo no parece muy amigable para las mujeres. Pareciera que el éxito que todos buscan con tanto ímpetu a través de sus vidas, una mujer puede alcanzarlo tan sólo por cumplir con aquellos inalcanzables estándares de belleza. Mientras que las mujeres son estimuladas con muñecas, castillos y coronas de princesa en sus primeros años de vida, los hombres crean sus primeros recuerdos con puzzles, figuras de animales e incluso telescopios de juguete que simulan la inmensidad del universo.
Sin darnos cuenta la brecha de género se crea desde el primer día en que comenzamos a existir como seres humanos, la que continúa forjándose en el minuto en que una mujer decide dejar atrás su desarrollo personal por los hijos, por su esposo, por la vida hogareña y así, entregarle sus posibilidades al hombre que tiene al lado.
Sin importar cuánto sepamos sobre la libertad, las mujeres no somos libres y tampoco lo seremos a corto plazo. Vivimos en una sociedad en la que se nos obliga a siempre lucir perfectas, que instaura que el cuerpo perfecto se traduce obligatoriamente en una vida perfecta, en el éxito, en la felicidad. En un mundo en donde a los hombres se les empodera lo suficiente como para que se sientan con el pleno derecho de gritarnos vulgaridades, violarnos e incluso matarnos. Debido a las ridículas estigmas que rodean a la mujer, no somos capaces de nacer libres, empoderadas, creyendo que el mundo es nuestro y que está allí para que marquemos la diferencia.
La violencia está allí, sólo que nos hemos acostumbrado tan severamente a este concepto que se volvió parte inherente de nuestra identidad. Estas son algunas de las situaciones cotidianas en las que las mujeres son víctimas de violencia, pero que debido a que las tenemos tan radicadas se han convertido en parte de nuestra vida:










"Lo importante debe ser expuesto al público en general con cada detalle" Bulovo